lunes, 20 de abril de 2020

All we do



Intentando volver a vivir fuera de la caja y no jugar sobre seguro…


Why?



Tenía una de esas noches tontas. Una de esas noches en las cuales no le apetecía leer, ni ver la tele ni hacer nada. Una de esas noches en las que sentía una sensación rara a la que no podía poner palabras. Como si estuviera buscando algo que ni siquiera supiera qué era…

Y como por casualidad, descubrió una canción que no recordaba haber escuchado antes. Una canción que hablaba de las cosas que no nos atrevimos a decir a la persona a la que amábamos, de los sueños que no nos atrevimos a hacer realidad, de los miedos, y de cómo todo hizo que la relación con alguien que era realmente importante para nosotros fracasara.

Y se puso a pensar en la complejidad que esconde algo tan sencillo como el amor. Conoces a alguien, te enamoras, eres correspondida y parecería que no hay nada más fácil, porque tienes todo a favor para ser feliz. Entonces, ¿por qué fracasa? La razón tal vez fuera pensó, que con el amor no basta. Porque las experiencias pasadas, nuestros valores, nuestra forma de ver la vida, nuestros miedos… condicionan muchas veces nuestras relaciones. Tal vez, además partamos de la idea errónea de que, si amas a alguien, todo debería ser sencillo. Pero no es así, ya que es necesario crear un espacio donde ambos se sientan seguros, donde ambos puedan crecer de manera individual porque el respeto y la confianza… son cosas que se construyen día a día.

¿Será que creemos que el amor es algo universal y que por eso todos lo entendemos de igual manera? Pero nada más lejos de la realidad, se dijo. Tal vez a veces se trate simplemente de que pedimos a la otra persona algo que no puede darnos. Que trate de compensar todas nuestras carencias afectivas, que llene el espacio de aquellos que se fueron y nos dejaron con el corazón roto, que nos amen todo lo que no nos amamos nosotros mismos… Y evidentemente, por mucho amor que nos den, nunca es suficiente.

Y nuestros miedos… a estar solos, a ser abandonados, a no ser lo suficientemente buenos para la otra persona, a perder nuestra libertad, al compromiso. Pretendemos quizás, que la otra persona los haga desaparecer, pero nuevamente, eso no es posible. Nuestros miedos son nuestros, nadie puede luchar por nosotros contra nuestros propios demonios.

O tal vez sea solo que encontramos a la persona adecuada demasiado pronto. O demasiado tarde.

Pero lo cierto es que hay personas en nuestra vida, que nunca nos dejan, aunque se hayan ido. De una manera o de otra, de forma directa o indirecta, siempre terminan volviendo, aunque no sea de una manera física. Cuando la conexión con alguien ha sido especial, nunca se rompe. Pasa el tiempo, te enamoras del tacto de otras pieles y te reflejas en otros ojos, tu vida continúa, pero siempre en algún recodo del camino, él o ella, vuelven a cruzarse en tu vida. Y eso me da miedo, pensó. Porque esa presencia más o menos recurrente de alguien a quién amaste tanto, pero con quien no compartes tu vida, supone dolor. Más o menos llevadero, pero dolor, al fin y al cabo. Tal vez sea entonces cuestión de armarse de valor y arriesgarse. Tal vez sólo traiga un dolor enorme y profundo, pero sólo es capaz de sentirlo quien previamente amó con toda su alma. Y no hay nada más triste que arrepentirse por lo que no se hizo…



Te molesto

Como todos los días, camino del trabajo, cogió el periódico gratuito que se ofrecía a los viajeros del transporte público Pero ese día, 2 de diciembre, el viaje al metro fue diferente. Porque en la sección de Cartas al director leyó una carta que hizo imposible contener las lágrimas mientas la leía. Le rompió el corazón y por esa razón decidió guardarla. Para, a pesar de todos sus problemas, no olvidar lo afortunada que era…

“Te molesto. Porque a veces utilizo dos asientos para sentarme en el autobús.
Quiero explicarte el por qué. A veces estoy deprimido o tengo ataques de pánico. Por esa razón, en esas situaciones no puedo manejar el contacto corporal o la cercanía de otras personas.

Así que, a veces, por la mañana o por la tarde, suelo tener que verme obligado a esperar entre 30 y 40 minutos para poder coger un autobús que no venga lleno y tener la posibilidad de sentarme.

Y entonces tú te enfadas. Y mucho. Me miras como si fuera una mala persona. Y me dices que me mueva para dejarte libre un asiento, lo que yo hago. Pero yo no sólo me retiro, no, sino que directamente me bajo del autobús.

Como me he visto obligado a hacer hoy. Estabas muy enfadado. Y yo no quería explicarte nada acerca de mi enfermedad, así que me baje del autobús y espere bajo la lluvia hasta que pasara otro que no estuviera tan lleno. Finalmente, pude subir al tercero que vino sin sentir angustia porque estuviera demasiado lleno de gente.

Mi hija tuvo que esperarme durante mucho tiempo porque tú no lo sabias. Porque no lo comprendías. Y no es tu culpa. Pero quiero llamar tu atención. Porque si utilizo dos asientos para sentarme no es porque sea una mala persona, sino para poder ser capaz de manejar mi angustia.

No todo no es lo que parece.


Firmado: una mierdecilla triste.”



Fiebre


En el trabajo. Qué calor, ¡cómo es posible, estamos en enero! Hola Daniel, pasa, pasa. ¿Qué te ocurre? Que tengo una sensación horrible de estar ardiendo. A ver, déjame que te toque la frente. Tienes fiebre. Que no. Que sí. Espera que te traigo un vaso de agua. Bebe. Vengo dentro de un rato a comprobar si te has bebido toda el agua. ¿Madre mía, qué horror este calor que no se pasa… Has bebido? No. Bebe. Qué pesado eres. Nunca te había visto así, dan ganas de cuidarte. ¡Ni se te ocurra! Debe ser tremendo ser tu pareja en estas situaciones, uno quiere cuidarte y tú no te dejas. Me voy a casa, estoy hirviendo. ¿Necesitas algo? ¿Necesitas que vaya a hacerte la compra? Cuando uno está enfermo, no suele tener fuerzas. No hace falta, de camino a casa compro algo. ¿Por qué no me extraña? Eres una cabezota, Que sí, pesado. ¿Te vas a acordar de regarme las plantas del despacho o tengo que llamarte desde el lecho del dolor para recordártelo? Es ella, débil y enferma pero aún fuerte, pero sigue siendo ella, no hay duda. Cuídate. Gracias. Luego te llamo. Eres un amor, qué suerte tengo de tener un compañero como tú, que pases un buen fin de semana, nos vemos el lunes. Cuídate y no te olvides de beber. Eres un amor. Y un pesado. Beso.

Angustia


Lo peor eran las noches. Salir del trabajo, comprar algo para cenar e ir a casa. A esa casa que tanto odiaba. Con todos esos trastos, con todo ese polvo que le molestaba pero que no tenía energía para limpiar, con ese olor a sucio, a viejo, a casa mal ventilada. En cuanto entraba en el ascensor empezaba a sentir esa angustia en la boca del estómago, angustia que le acompañaba hasta llegar al trabajo al día siguiente.

Darse una ducha, preparar cualquier cosa para cenar y meterse en la cama con un libro, porque, además, en esa maldita casa siempre hacia frio. Un frio que traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma.

Más que leer, devoraba los libros con ansia, intentando sumergirse en esas historias y en esas vidas que leía, para olvidar la suya propia. Leía hasta que el sueño llegaba y se entregaba al mismo con desesperación, sabiendo que el olvido que este traía duraría poco. Tras un par de horas, la angustia le despertaba. Y noche tras noche, intentaba descubrir cómo había llegado hasta este punto, porque su vida se había convertido en este vacío infinito, repasaba una y otra vez los errores cometidos, las decisiones equivocadas que había tomado y era en esos momentos cuando ELLA aparecía en sus pensamientos. La echaba de menos, con tanta intensidad que dolía. ¿Como pudo dejar marchar a una mujer como ella?  Otro de sus muchos errores. No, otro, no. EL error. Su ausencia, lo que ella había significado se dejaba sentir sobre todo en esas noches frías de invierno. Echaba de menos el calor de su cuerpo y, sobre todo, su risa.

Cerraba los ojos y recreaba una y otra vez los momentos vividos junto a ella, seleccionando cuidadosamente, eso sí, los recuerdos, obviando todos aquellos momentos en los que la hizo llorar, las discusiones y, sobre todo, todo aquello que hizo que ella se apartara de su lado.

Pensaba donde estaría, si sería otro el que sentiría su calor por las noches y disfrutaría de la pasión de sus besos.

Lloraba. Lloraba cada noche. Y dejaba que las lágrimas surcaran sus mejillas sin molestarse en secarlas. Al final, agotado, terminaba durmiéndose un par de horas antes de que sonara el despertador.

Abría los ojos. Estiraba el brazo, pero ella no estaba allí. Estaba solo en su cama. En ese apartamento que tanto odiaba. De regreso en esa vida que, por mucho que intentara engañarse a sí mismo y a los demás, ya no era la misma.

Se levantaba, se miraba al espejo y se veía viejo. Pensaba en que iba a envejecer solo. Y la angustia volvía a subirle por la garganta.

Se tomaba un café, se vestía y salía de casa camino del trabajo. Mientras esperaba el autobús, pensaba que ni sus amigos ni sus compañeros de trabajo podrían sospechar la angustia, la amargura y la tristeza con las que convivía. Y como todos los días, mientras esperaba el autobús pensaba que de hoy no pasaba, que iba a arriesgarse a llamarla porque quería saber de ella, quería acercarse a ella nuevamente y saber si tenía alguna de posibilidad de volver a formar parte de su vida. Sentado en el autobús de camino del trabajo, la veía a ella en todas las mujeres y a la vez en ninguna, porque ella no era comparable a las demás, porque con ninguna había sentido lo que con ella.

Y como todos los días, en cuanto llegaba al trabajo, sabía que hoy no, que hoy tampoco iba a ser ese día en el que iba a llamarla. Se centraba en el trabajo hasta que, por la tarde, al llegar a casa la angustia volvía a inundarle.

Y solo en algunos momentos de lucidez y de sinceridad consigo mismo era capaz de reconocer que la daba por perdida, que no se atrevía a luchar por ella, porque, al fin y al cabo, su vida transcurría sin los grandes sobresaltos que trae consigo el amor. Y se preparaba algo para cenar y se metía en la cama porque en esa maldita casa siempre hacia frio. Un frio que traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma…





Besos


“Hace tanto tiempo que no beso a nadie… “suspiraba el locutor en la radio. Yo también, pensó ella mientras preparaba la cena. Un momento, ¿te has olvidado de este verano? Es verdad, se contestó a si misma en una especie de dialogo interno, a pesar de estar hablando en voz alta en la cocina.

Bueno, no sé si cuenta como beso si no se siente nada al darlo. Porque no sentí nada de nada. Ni siquiera atracción o deseo…

Mientras pelaba las patatas recordó ese verano. Aquel chico tan guapo y tan atractivo cuyos labios se encontró de forma inesperada mientras tomaban un té en su casa. Recordaba haber pensado, tras la sorpresa inicial, que era raro porque era la primera vez que le pasaba algo así. Lo cual resultaba interesante teniendo en cuenta que su “compañero de beso” sentía, según sus propias palabras, una pasión irrefrenable.

Recuerda haber pensado que tal vez fuera la sorpresa inicial y que a lo mejor era cuestión de seguir intentándolo. Aunque solo fuera por no decepcionar a su guapo compañero que se entregaba con tanto empeño a la tarea.

Pero lo cierto es que respondiendo mecánicamente a los besos, se perdió en sus propios pensamientos. ¿Cómo es posible que con algunas personas esto sea un acto mecánico, una especie de gimnasia de labios y lengua y en cambio, con otras, un ligero roce de sus labios hace que una corriente eléctrica recorra todas las células de tu piel y el resto del mundo desaparezca?

Recuerda también que fue consciente de que era capaz de evocar el primer beso que dio a todos los hombres que había amado, pero que estaba segura de que ese no iba a dejar ninguna huella ni en su piel, ni en su corazón.

Como así ha sido, pensó mientras tiraba las mondas de las patatas a la basura. Ni acordarme. Y recordando otros besos, esos que si le habían hecho estremecerse, dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Dos lágrimas a las que se sumaron muchas más.  Hasta que ya no supo si eran fruto de la nostalgia o de la cebolla que estaba pelando…













Hielo, invierno y adorables viejecitas suecas


Siempre le había gustado buscar la belleza en las pequeñas cosas a las que la mayoría de la gente no prestaba atención, pero ella siempre había pensado que quien tenía la capacidad de encontrarla en lo cotidiano antes que en lo sublime, estaba más cerca de alcanzar la felicidad.

Así que las salidas a la compra o al trabajo durante ese invierno tan duro y frío ase convirtieron en una especie de juego, buscando algo hermoso donde el resto de las personas sólo encontraban un motivo de queja. Y mientras los demás sólo veían nieve, hielo, caídas, las bajas temperaturas, ella veía algo infinitamente más divertido…

Por ejemplo, descubrir las farolas de Mariatorget protegidas por una capa de coloridas fundas de ganchillo que le hacían imaginar a un grupo de adorables abuelas suecas tejiendo mantas para que las farolas estuvieran calentitas…



O descubrir que el diseño sueco no sólo se limitaba a IKEA, sino que se extendía también a objetos cotidianos, como las bicicletas que esperaban en la calle la llegada de la primavera.






Allí donde las demás personas veían peligrosas placas de hielo, ella veía la posibilidad de practicar deportes de invierno en una pista de patinaje urbana.



Descubrió la belleza etérea y cristalina de las cascadas y los nidos de hielo...






Aunque lo que de verás ponía cada día una sonrisa en su cara era salir pronto de casa y ver a la nieve, perezosa, todavía durmiendo en los bancos de la calle, sin ganas de levantarse… :-D








Nieve


A principios de diciembre había empezado a nevar. Y las calles habían dejado de existir en Suecia. La nieve había dejado paso al hielo, pero ella seguía preguntándose cada día qué habría debajo de esas capas de hielo y nieve. Ya no recordaba cómo era andar sin tener que agarrarse a la pared para no caer o si en algún momento había sido capaz de caminar por la calle sin tener que ir mirando el suelo para esquivar las placas de hielo. Pero hacía un par de días, oh, sorpresa! el hielo había empezado poco a poco a fundirse y...¡ ahí seguían las aceras! Intactas. Frías, las pobres, pero intactas. Un par de días más tarde había vuelto a nevar con fuerza. Y había regresado el juego de las adivinanzas, que consistía en saber dónde estaba la acera bajo ese manto de nieve. De repente, sentía que se había convertido en ingeniera, calculando distancias, observando perspectivas... con el riesgo de que si los cálculos estaban mal hechos, descubrir que la nieve, aparte de suave y blanda... es fría!




Dos o tres segundos de ternuna






Estoy pasando un bache, un revés, un agujero
Un no sé qué me ocurre
Que ni yo mismo me entiendo
No me apetece nada
Nada más que estar adentro
Pero no de tu vientre
Sino de tus sentimientos.

Quisiera que supieras
Que no tengo otro deseo
Que estar entre tus brazos
Como quien pide consuelo
Sentirte toda mía
Sin lujurias ni misterios
Como siento la sangre
Que circula por mi cuerpo.

No me hace falta la luna
Ni tan siquiera la espuma
Me bastan solamente dos
O tres segundos de ternura.

A veces me pregunto
Si no me causa respeto
El paso de los años
Desgastando nuestros besos
Así como el derroche
De algo más que mucho tiempo
Sin vernos un instante
Mas allá de los espejos.

Por eso necesito
Aunque s que es un exceso
Que tus ojos me digan
Algo así como de acuerdo
Estoy aquí a tu lado
Para que no tengas miedo
Al miedo de estar solos
Solos en el universo.

No me hace falta la luna
Ni tan siquiera la espuma
Me bastan solamente dos
O tres segundos de ternura.