A principios de diciembre había empezado a nevar. Y las
calles habían dejado de existir en Suecia. La nieve había dejado paso al hielo,
pero ella seguía preguntándose cada día qué habría debajo de esas capas de
hielo y nieve. Ya no recordaba cómo era andar sin tener que agarrarse a la pared
para no caer o si en algún momento había sido capaz de caminar por la calle sin
tener que ir mirando el suelo para esquivar las placas de hielo. Pero hacía un
par de días, oh, sorpresa! el hielo había empezado poco a poco a fundirse y...¡
ahí seguían las aceras! Intactas. Frías, las pobres, pero intactas. Un par de
días más tarde había vuelto a nevar con fuerza. Y había regresado el juego de
las adivinanzas, que consistía en saber dónde estaba la acera bajo ese manto de
nieve. De repente, sentía que se había convertido en ingeniera, calculando distancias,
observando perspectivas... con el riesgo de que si los cálculos estaban mal
hechos, descubrir que la nieve, aparte de suave y blanda... es fría!

0 comentarios:
Publicar un comentario