Lo peor eran las noches. Salir del trabajo, comprar algo para
cenar e ir a casa. A esa casa que tanto odiaba. Con todos esos trastos, con
todo ese polvo que le molestaba pero que no tenía energía para limpiar, con ese
olor a sucio, a viejo, a casa mal ventilada. En cuanto entraba en el ascensor
empezaba a sentir esa angustia en la boca del estómago, angustia que le
acompañaba hasta llegar al trabajo al día siguiente.
Darse una ducha, preparar cualquier cosa para cenar y meterse
en la cama con un libro, porque, además, en esa maldita casa siempre hacia
frio. Un frio que traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma.
Más que leer, devoraba los libros con ansia, intentando
sumergirse en esas historias y en esas vidas que leía, para olvidar la suya
propia. Leía hasta que el sueño llegaba y se entregaba al mismo con
desesperación, sabiendo que el olvido que este traía duraría poco. Tras un par
de horas, la angustia le despertaba. Y noche tras noche, intentaba descubrir
cómo había llegado hasta este punto, porque su vida se había convertido en este
vacío infinito, repasaba una y otra vez los errores cometidos, las decisiones
equivocadas que había tomado y era en esos momentos cuando ELLA aparecía en sus
pensamientos. La echaba de menos, con tanta intensidad que dolía. ¿Como pudo
dejar marchar a una mujer como ella? Otro de sus muchos errores. No,
otro, no. EL error. Su ausencia, lo que ella había significado se dejaba sentir
sobre todo en esas noches frías de invierno. Echaba de menos el calor de su
cuerpo y, sobre todo, su risa.
Cerraba los ojos y recreaba una y otra vez los momentos
vividos junto a ella, seleccionando cuidadosamente, eso sí, los recuerdos,
obviando todos aquellos momentos en los que la hizo llorar, las discusiones y,
sobre todo, todo aquello que hizo que ella se apartara de su lado.
Pensaba donde estaría, si sería otro el que sentiría su calor
por las noches y disfrutaría de la pasión de sus besos.
Lloraba. Lloraba cada noche. Y dejaba que las lágrimas
surcaran sus mejillas sin molestarse en secarlas. Al final, agotado, terminaba
durmiéndose un par de horas antes de que sonara el despertador.
Abría los ojos. Estiraba el brazo, pero ella no estaba allí.
Estaba solo en su cama. En ese apartamento que tanto odiaba. De regreso en esa
vida que, por mucho que intentara engañarse a sí mismo y a los demás, ya no era
la misma.
Se levantaba, se miraba al espejo y se veía viejo. Pensaba en
que iba a envejecer solo. Y la angustia volvía a subirle por la garganta.
Se tomaba un café, se vestía y salía de casa camino del
trabajo. Mientras esperaba el autobús, pensaba que ni sus amigos ni sus
compañeros de trabajo podrían sospechar la angustia, la amargura y la tristeza
con las que convivía. Y como todos los días, mientras esperaba el autobús
pensaba que de hoy no pasaba, que iba a arriesgarse a llamarla porque quería
saber de ella, quería acercarse a ella nuevamente y saber si tenía alguna de
posibilidad de volver a formar parte de su vida. Sentado en el autobús de
camino del trabajo, la veía a ella en todas las mujeres y a la vez en ninguna, porque
ella no era comparable a las demás, porque con ninguna había sentido lo que con
ella.
Y como todos los días, en cuanto llegaba al trabajo, sabía
que hoy no, que hoy tampoco iba a ser ese día en el que iba a llamarla. Se
centraba en el trabajo hasta que, por la tarde, al llegar a casa la angustia
volvía a inundarle.
Y solo en algunos momentos de lucidez y de sinceridad consigo
mismo era capaz de reconocer que la daba por perdida, que no se atrevía a
luchar por ella, porque, al fin y al cabo, su vida transcurría sin los grandes
sobresaltos que trae consigo el amor. Y se preparaba algo para cenar y se metía
en la cama porque en esa maldita casa siempre hacia frio. Un frio que
traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma…


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