lunes, 20 de abril de 2020

Angustia


Lo peor eran las noches. Salir del trabajo, comprar algo para cenar e ir a casa. A esa casa que tanto odiaba. Con todos esos trastos, con todo ese polvo que le molestaba pero que no tenía energía para limpiar, con ese olor a sucio, a viejo, a casa mal ventilada. En cuanto entraba en el ascensor empezaba a sentir esa angustia en la boca del estómago, angustia que le acompañaba hasta llegar al trabajo al día siguiente.

Darse una ducha, preparar cualquier cosa para cenar y meterse en la cama con un libro, porque, además, en esa maldita casa siempre hacia frio. Un frio que traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma.

Más que leer, devoraba los libros con ansia, intentando sumergirse en esas historias y en esas vidas que leía, para olvidar la suya propia. Leía hasta que el sueño llegaba y se entregaba al mismo con desesperación, sabiendo que el olvido que este traía duraría poco. Tras un par de horas, la angustia le despertaba. Y noche tras noche, intentaba descubrir cómo había llegado hasta este punto, porque su vida se había convertido en este vacío infinito, repasaba una y otra vez los errores cometidos, las decisiones equivocadas que había tomado y era en esos momentos cuando ELLA aparecía en sus pensamientos. La echaba de menos, con tanta intensidad que dolía. ¿Como pudo dejar marchar a una mujer como ella?  Otro de sus muchos errores. No, otro, no. EL error. Su ausencia, lo que ella había significado se dejaba sentir sobre todo en esas noches frías de invierno. Echaba de menos el calor de su cuerpo y, sobre todo, su risa.

Cerraba los ojos y recreaba una y otra vez los momentos vividos junto a ella, seleccionando cuidadosamente, eso sí, los recuerdos, obviando todos aquellos momentos en los que la hizo llorar, las discusiones y, sobre todo, todo aquello que hizo que ella se apartara de su lado.

Pensaba donde estaría, si sería otro el que sentiría su calor por las noches y disfrutaría de la pasión de sus besos.

Lloraba. Lloraba cada noche. Y dejaba que las lágrimas surcaran sus mejillas sin molestarse en secarlas. Al final, agotado, terminaba durmiéndose un par de horas antes de que sonara el despertador.

Abría los ojos. Estiraba el brazo, pero ella no estaba allí. Estaba solo en su cama. En ese apartamento que tanto odiaba. De regreso en esa vida que, por mucho que intentara engañarse a sí mismo y a los demás, ya no era la misma.

Se levantaba, se miraba al espejo y se veía viejo. Pensaba en que iba a envejecer solo. Y la angustia volvía a subirle por la garganta.

Se tomaba un café, se vestía y salía de casa camino del trabajo. Mientras esperaba el autobús, pensaba que ni sus amigos ni sus compañeros de trabajo podrían sospechar la angustia, la amargura y la tristeza con las que convivía. Y como todos los días, mientras esperaba el autobús pensaba que de hoy no pasaba, que iba a arriesgarse a llamarla porque quería saber de ella, quería acercarse a ella nuevamente y saber si tenía alguna de posibilidad de volver a formar parte de su vida. Sentado en el autobús de camino del trabajo, la veía a ella en todas las mujeres y a la vez en ninguna, porque ella no era comparable a las demás, porque con ninguna había sentido lo que con ella.

Y como todos los días, en cuanto llegaba al trabajo, sabía que hoy no, que hoy tampoco iba a ser ese día en el que iba a llamarla. Se centraba en el trabajo hasta que, por la tarde, al llegar a casa la angustia volvía a inundarle.

Y solo en algunos momentos de lucidez y de sinceridad consigo mismo era capaz de reconocer que la daba por perdida, que no se atrevía a luchar por ella, porque, al fin y al cabo, su vida transcurría sin los grandes sobresaltos que trae consigo el amor. Y se preparaba algo para cenar y se metía en la cama porque en esa maldita casa siempre hacia frio. Un frio que traspasaba la piel, los huesos y le llegaba al alma…





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