“Hace tanto tiempo que no beso a nadie… “suspiraba el locutor en la
radio. Yo también, pensó ella mientras preparaba la cena. Un momento, ¿te has
olvidado de este verano? Es verdad, se contestó a si misma en una especie de
dialogo interno, a pesar de estar hablando en voz alta en la cocina.
Bueno, no sé si cuenta como beso si no se siente nada al darlo. Porque
no sentí nada de nada. Ni siquiera atracción o deseo…
Mientras pelaba las patatas recordó ese verano. Aquel chico tan guapo y
tan atractivo cuyos labios se encontró de forma inesperada mientras tomaban un
té en su casa. Recordaba haber pensado, tras la sorpresa inicial, que era raro
porque era la primera vez que le pasaba algo así. Lo cual resultaba interesante
teniendo en cuenta que su “compañero de beso” sentía, según sus propias
palabras, una pasión irrefrenable.
Recuerda haber pensado que tal vez fuera la sorpresa inicial y que a lo
mejor era cuestión de seguir intentándolo. Aunque solo fuera por no decepcionar
a su guapo compañero que se entregaba con tanto empeño a la tarea.
Pero lo cierto es que respondiendo mecánicamente a los besos, se perdió
en sus propios pensamientos. ¿Cómo es posible que con algunas personas esto sea
un acto mecánico, una especie de gimnasia de labios y lengua y en cambio, con
otras, un ligero roce de sus labios hace que una corriente eléctrica recorra
todas las células de tu piel y el resto del mundo desaparezca?
Recuerda también que fue consciente de que era capaz de evocar el primer
beso que dio a todos los hombres que había amado, pero que estaba segura de que
ese no iba a dejar ninguna huella ni en su piel, ni en su corazón.
Como así ha sido, pensó mientras tiraba las mondas de las patatas a la
basura. Ni acordarme. Y recordando otros besos, esos que si le habían hecho
estremecerse, dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Dos lágrimas a las
que se sumaron muchas más. Hasta que ya no supo si eran fruto de la
nostalgia o de la cebolla que estaba pelando…


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