Tenía una de esas noches tontas. Una de esas noches en las cuales no le
apetecía leer, ni ver la tele ni hacer nada. Una de esas noches en las que sentía
una sensación rara a la que no podía poner palabras. Como si estuviera buscando
algo que ni siquiera supiera qué era…
Y como por casualidad, descubrió una canción que no recordaba haber
escuchado antes. Una canción que hablaba de las cosas que no nos atrevimos a
decir a la persona a la que amábamos, de los sueños que no nos atrevimos a
hacer realidad, de los miedos, y de cómo todo hizo que la relación con alguien
que era realmente importante para nosotros fracasara.
Y se puso a pensar en la complejidad que esconde algo tan
sencillo como el amor. Conoces a alguien, te enamoras, eres correspondida y
parecería que no hay nada más fácil, porque tienes todo a favor para ser feliz.
Entonces, ¿por qué fracasa? La razón tal vez fuera pensó, que con el amor no
basta. Porque las experiencias pasadas, nuestros valores, nuestra forma de ver
la vida, nuestros miedos… condicionan muchas veces nuestras relaciones. Tal
vez, además partamos de la idea errónea de que, si amas a alguien, todo debería
ser sencillo. Pero no es así, ya que es necesario crear un espacio donde ambos
se sientan seguros, donde ambos puedan crecer de manera individual porque el
respeto y la confianza… son cosas que se construyen día a día.
¿Será que creemos que el amor es algo universal y que por eso
todos lo entendemos de igual manera? Pero nada más lejos de la realidad, se
dijo. Tal vez a veces se trate simplemente de que pedimos a la otra persona algo
que no puede darnos. Que trate de compensar todas nuestras carencias afectivas,
que llene el espacio de aquellos que se fueron y nos dejaron con el corazón
roto, que nos amen todo lo que no nos amamos nosotros mismos… Y evidentemente,
por mucho amor que nos den, nunca es suficiente.
Y nuestros miedos… a estar solos, a ser abandonados, a no ser
lo suficientemente buenos para la otra persona, a perder nuestra libertad, al
compromiso. Pretendemos quizás, que la otra persona los haga desaparecer, pero
nuevamente, eso no es posible. Nuestros miedos son nuestros, nadie puede luchar
por nosotros contra nuestros propios demonios.
O tal vez sea solo que encontramos a la persona adecuada
demasiado pronto. O demasiado tarde.
Pero lo cierto es que hay personas en nuestra vida, que nunca
nos dejan, aunque se hayan ido. De una manera o de otra, de forma directa o
indirecta, siempre terminan volviendo, aunque no sea de una manera física.
Cuando la conexión con alguien ha sido especial, nunca se rompe. Pasa el
tiempo, te enamoras del tacto de otras pieles y te reflejas en otros ojos, tu
vida continúa, pero siempre en algún recodo del camino, él o ella, vuelven a
cruzarse en tu vida. Y eso me da miedo, pensó. Porque esa presencia más o menos
recurrente de alguien a quién amaste tanto, pero con quien no compartes tu
vida, supone dolor. Más o menos llevadero, pero dolor, al fin y al cabo. Tal
vez sea entonces cuestión de armarse de valor y arriesgarse. Tal vez sólo
traiga un dolor enorme y profundo, pero sólo es capaz de sentirlo quien
previamente amó con toda su alma. Y no hay nada más triste que arrepentirse por
lo que no se hizo…

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