Como todos los días, camino del trabajo, cogió el periódico gratuito que
se ofrecía a los viajeros del transporte público Pero ese día, 2 de diciembre, el
viaje al metro fue diferente. Porque en la sección de Cartas al director leyó
una carta que hizo imposible contener las lágrimas mientas la leía. Le rompió
el corazón y por esa razón decidió guardarla. Para, a pesar de todos sus
problemas, no olvidar lo afortunada que era…
“Te molesto. Porque a veces utilizo dos asientos para
sentarme en el autobús.
Quiero explicarte el por qué. A veces estoy deprimido o
tengo ataques de pánico. Por esa razón, en esas situaciones no puedo manejar el
contacto corporal o la cercanía de otras personas.
Así que, a veces, por la mañana o por la tarde, suelo tener
que verme obligado a esperar entre 30 y 40 minutos para poder coger un autobús
que no venga lleno y tener la posibilidad de sentarme.
Y entonces tú te enfadas. Y mucho. Me miras como si fuera una
mala persona. Y me dices que me mueva para dejarte libre un asiento, lo que yo
hago. Pero yo no sólo me retiro, no, sino que directamente me bajo del autobús.
Como me he visto obligado a hacer hoy. Estabas muy enfadado.
Y yo no quería explicarte nada acerca de mi enfermedad, así que me baje del
autobús y espere bajo la lluvia hasta que pasara otro que no estuviera tan
lleno. Finalmente, pude subir al tercero que vino sin sentir angustia porque
estuviera demasiado lleno de gente.
Mi hija tuvo que esperarme durante mucho tiempo porque tú no
lo sabias. Porque no lo comprendías. Y no es tu culpa. Pero quiero llamar tu
atención. Porque si utilizo dos asientos para sentarme no es porque sea una
mala persona, sino para poder ser capaz de manejar mi angustia.
No todo no es lo que parece.


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